INTRODUCCIÓN
Cwc

LA MAGIA MODERNA
(O mi encuentro con Ken,
el Maestro de la Voz)

Mi viaje comenzó en Los Ángeles. Envié un fax al número que el Magister Liroluvilui, en su oportunidad, me había indicado. Otro fax me respondió que, a partir del día siguiente, estuviera preparado para viajar en helicóptero desde el aeropuerto de esa ciudad. Yo sería contactado por el piloto mismo.

Así ocurrió. Un joven asiático, que parecía conocerme perfectamente me abordó apenas me vio; el helicóptero estaba listo para el viaje. De costumbres asiáticas o de psicología taciturna, mi interlocutor respondía a mis preguntas en el límite que la gentileza le imponía. En general, repetía la frase: "El Maestro de la Voz no me ha autorizado a responderle".

Luego de una hora y media de viaje, vi que íbamos a aterrizar sobre un acantilado. Cuando pregunté al piloto si la casa donde íbamos estaba alejada, logré arrancarle la única sonrisa de todo el viaje... "Hemos llegado. La casa del Maestro de la Voz está abajo de nosotros".

En efecto, la casa de Ken tenía la "dimensión" de su dueño. Como su vida, ella estaba suspendida en un acantilado. Cuando se descubre esa casa en la cima de esa pendiente vertiginosa, se percibe extraña, magnífica, se creta.
Tiempo atrás, Ken, el misterioso destinatario a quien me dirigía por indicación del Magister, había descubierto un pequeño acantilado asomado sobre una bahía minúscula situada entre Los Ángeles y la frontera mejicana. Él había constatado que ese acantilado estaba perforado por una multitud de subterráneos. Grutas y ventanas de roca daban sobre el mar.

Tribus indígenas habían transformado antiguamente el lugar en territorio sagrado. Dibujos rituales cubrían las paredes, pero lejos de pensar en explotarlo como lugar turístico, Ken lo compró junto con varias hectáreas de terreno con una idea muy firme que había madurado largamente en su cerebro. Con la colaboración de algunos obreros, había hecho agrandar tres o cuatro grutas que daban sobre una pequeña bahía desde donde se veían las más extraordinarias puestas de sol de América. Había preservado las ventanas naturales, pero transformado el espacio según las necesidades de su confort y trabajo. Los vidrios que había hecho colocar no provocaban ningún reflejo y, vistos desde el exterior, desde una embarcación, por ejemplo, no denunciaba que las grutas estaban habitadas: sólo se percibía una simple pared rocosa. Una galería natural descendía al nivel de la playa, y habiéndola descubierto él mismo, construyó su morada muy cerca.

Desde las alturas, su casa no era más visible desde el mar, ya que el techo estaba constituido por la cima del acantilado, y un peatón hubiese tenido solamente la impresión de ver un promontorio de rauda caída. Espesos matorrales de malezas y árboles espinosos bordeaban la propiedad, disimulando el alto muro que circundaba el parque privado de Ken. El lugar pasaba definitivamente inadvertido para los que transitaban esa zona.


No existía ninguna abertura en la muralla que permitiera un acceso por tierra. Sólo se podía llegar a la casa por aire o por agua. Una pequeña plataforma permitía aterrizar a su helicóptero y el amarradero era invisible debido a que estaba disimulado en una gruta. De hecho Ken, de haberlo querido, hubiera sido uno de los mejores expertos en camuflaje de la armada americana.

No lo ocultemos: Ken es un millonario americano, entre los más excepcionales y los menos conocidos. Cuando yo visito con él alguno de sus laboratorios subterráneos, me doy cuenta de que están llenos de descubrimientos, que no serán dados a conocer hasta después de varias generaciones, ya que, según él, la civilización tal como la conocemos, entraría en una crisis de tal magnitud que las consecuencias socio económicas serían desastrosas.

Magister Liroluvilui me había dado como instrucción que presentara a Ken el dibujo central de su sello. Así fue como escuché la narración más extraordinaria de mi vida. Ken, el taciturno, llamado "el Maestro de la Voz" por sus empleados, me contó una parte de su vida como una obligación esotérica, antes de pasar a las iniciaciones que he venido a implorar:

Él era el extraño fruto de dos padres no menos raros. Su madre había sido muda y su padre ciego; habían habitado en los bosque canadienses. Ellos tuvieron la particularidad de haber nacido el mismo día, a la misma hora, en el mismo momento; durante una violenta tempestad que había impedido que la partera pudiera llegar a ninguna de las dos cabañas.

Fue así como ambas parturientas, cada una aislada en su casa, había parido a solas, y cortado por sí misma el cordón umbilical (primera de todas las iniciaciones a la vida), mientras los dos padres habían partido a cazar.

El niño ciego se había transformado en el único amigo de la niña muda, y habían sido los mejores compañeros de infancia, más unidos que si fueran hermanos. A medida que crecían, su belleza aumentaba, y cuando el pueblo los veía ir a la iglesia los domingos, o al hacer sus pobres compras en los negocios de la villa, las comadres callaban sus parloteos. La gente del pueblo,que los conocía desde su nacimiento, sentía estrechársele el corazón al ver a la chiquilla conduciendo al joven ciego y a éste reproduciendo en voz alta los pensamientos silenciosos de la joven muda.

La piedad se transformó en admiración con el transcurso de los años. Cuando llegaron a la adolescencia, la eclosión de su belleza los hizo la más hermosa pareja que la gente jamás hubiera visto. En la iglesia él hablaba de la Biblia, aunque nunca la había leído, y mucha gente lloraba.

Ella tocaba la flauta traversera que le había regalado un día un mercader de paso. Sin ningún estudio musical, sino evidentemente por una suerte de poder secreto, sabía arrancar del instrumento sonidos tan admirables que los pájaros venían a escucharlos con fascinación.

En ese ambiente, fruto de un amor extraño y profundo, había nacido Ken. Heredó a la vez el dominio de la voz que tenía su padre, y la fuerza del silencio que tenía su madre. Era un perfecto equilibrio entre dos fuerzas opuestas, y ese equilibrio hacía mover montañas.

Muchachito silencioso, no hablaba más que para decir cosas importantes, o para modificar a los seres que lo rodeaban. En la escuela era capaz de permanecer inexorablemente silencioso durante toda una clase, dejando que su maestro enfureciera y tomara su negativa a comunicarse como un insulto personal.
Habitualmente le eran suficientes tres frases de síntesis justo treinta segundos antes que sonara la campana para fulminar a maestro y alumnos. Mostraba con esa intervención que no se contentaba sólo con haber comprendido al maestro, sino que también había corregido algunos conceptos del autor del texto.

Los profesores, comprendiendo lo excepcional del niño, se sometían rápidamente, confrontados a una situación ineluctable: alguien y algo que iban más allá de lo comprensible, un ser que parecía alejado de todo aquello que fuera humano.

Ken no tenía amigos; los chicos no hablaban con él. No provocaba simpatía pero tampoco miedo. Pasaba como un fantasma inadvertido y, sin embargo, sus compañeros sabían que con una frase, era capaz de reducir al estado de bebé lloroso al peor de ellos. Tampoco los profesores se arriesgaban.

Ése era el poder más evidente, pero no el único del que Ken disponía. El era el "Maestro de la Voz". Los sonidos que manipulaba tan raramente entre dos períodos de silencio tomaban la dimensión del grito de una piedra o de la tempestad en las montañas, según lo que le conviniera expresar.

Nadie conversaba con Ken, no porque se lo detestara, sino porque nadie llegaba a comprender los conceptos que animaban su vida, y nadie resistía emocionalmente esa voz humana, que podía parecer todo menos de un niño de ocho años.

Tenía exactamente esa edad cuando se desató el drama de su vida. Pero, ¿era un drama o un plan tácitamente convenido entre sus padres y él?
Una mañana su madre lo había abrazado muy fuertemente, y su padre le había entregado ceremoniosamente un libro escrito por él mismo. Le había explicado que ese libro había sido redactado previendo ese día. Le había costado mucho trabajo; había inventado un medio para no mezclar los renglones; talló una rama de árbol de tal manera que tomaba la forma de una pequeña regla de sección triangular; abrió delicadamente una ranura en la que introducía la parte superior de cada hoja aislada sobre la cual iba a escribir. Escribía la primera línea, y, al llegar al final de la hoja, comenzaba a enrollarla alrededor de la regla. Esta delimitaba así una segunda línea, y así sucesivamente para cada una. Sí, mucho trabajo se había tomado...

Ken era consciente de todo esto. Sabía o suponía que algo grave debía suceder ese día. Su madre le dio una pequeña mochila llena de alimentos, y le mostró que dentro de un bolsillo minúsculo disimulado en su interior, había una reserva de piezas de oro. Un par de zapatos y sus mejores vestimentas se encontraban guardadas en el fondo de la mochila. El niño, pareciendo totalmente cómplice de sus padres, partió hacia las cercanías del río... Volvió hacia la tarde.

No se sorprendió cuando encontró a los vecinos que lo miraban asombrados, e incluso muchas mujeres supersticiosas apartaban sus hijos de él. Los hombres, con el ceño fruncido, dirigían sus miradas al camino que conducía a su casa. Pero, ¿cuál casa? Apenas quedaba un cuadrado de cenizas, ni siquiera caliente, en el lugar donde había estado su vivienda. No había ningún rastro de los padres de Ken. No quedaba ni un solo objeto metálico, ni un trozo de madera a medio consumir. Nadie había visto nada, pues de lo contrario, todos los vecinos ha brían ido a socorrer, como es costumbre, en el campo cuando se incendia una granja.

La aventura del pequeño Ken estaba comenzando, o al menos había pasado a su segunda fase. La casa de sus padres y ellos mismos habían desaparecido como consumidos en una sola llamarada, sin fuego, sin calor, ni humo. El sabía que sus padres no habían muerto, no sentía ninguna sorpresa, ninguna emoción, ni inquietud.

Los vecinos se preguntaban qué debían hacer con el niño. Ken oyó al Alcalde que proponía enviarlo a un orfanato.

El niño lo miró con aire autoritario, se agachó lentamente, tomó un puñado de tierra, se acercó al alcalde y, mostrándoselo, le dijo con una voz fuerte que sorprendió a todos los campesinos: "Tu casa está aquí... la mía está allá -y señaló el cielo y las montañas-, dejadnos a mi alma y a mí seguir nuestro camino!". El hombre quedó estático, las lágrimas corrieron sobre sus mejillas; clavó su mirada, fija, como paralizada, con los ojos amargos, sobre el puñado de tierra: había reconocido las palabras y la voz del más joven de sus hijos, al que él había maldecido una noche, y que había muerto a la madrugada siguiente, sin que nadie hubiera podido descubrir el motivo.

El pequeño Ken tomó su mochila y, mientras los vecinos se apartaban silenciosamente a su paso sin atreverse a preguntarle adónde iba, comenzó a caminar. Desapareció a lo lejos, detrás de las colinas, dejando que la gente se interrogara acerca de su suerte, pero incapaces de tomar ninguna decisión.

La familia de Ken había desaparecido, y él mismo desapareció rápidamente. El olvido total comenzó a caer y el origen del muchachito se convirtió en un tema tabú que los campesinos evitaban evocar, sin saber por qué.

La historia de Ken es larga, pero, reducida a una sola frase, ella ilustrará el poder mágico de la voz humana.

El niño caminó largo tiempo. Iba al azar pero sin dudar, como si siguiera a un ser invisible que le indicaba la senda. Estudiaba el libro de su padre. No contenía ninguna filosofía o consejos morales, sólo desplegaba plenitud de instrucciones. Había sonidos que él debía repetir largas horas, imágenes que debía imponer a su conciencia, complicadas posiciones de manos y respiraciones difíciles. Ken aprendió a dar una fuerza extraordinaria a su pensamiento. Su padre le enseñaba a través del libro como emplear su tercer cuerpo invisible, el cuerpo de la acción sobre el mundo exterior, para organizar las situaciones que le serían favorables. El mismo libro enseñaba al hijo cómo despertar su segundo feto, el de la glándula tiroides, bien distinto del chakra de la garganta, gracias al cual Ken tuvo la voz del poder a su disposición.

Cuando llegó al primer poblado importante, convenció a un viejo y cansado zapatero remendón que compartiera con él su lugar de trabajo y le prestara sus herramientas y materiales a cambio de la mitad de lo que ganara.

Cuando los clientes veían al niño no podían evitar hablarle y esperaban deseosos sus respuestas. El pequeño decía aquello que le pasaba por el espíritu con una voz que parecía cantar pero, en realidad, cada respuesta, que cincelaba con una metáfora, respondía al problema más importante que torturaba a su cliente. Ninguno de sus interlocutores comprendía el contenido del mensaje al instante, pero, a lo largo de los días y las noches que seguían a ese momento, la frase viajaba dentro de su inconsciente y arrancaba las malvadas hierbas de la neurosis.
Ninguno de los burgueses de la villa imaginaba por un solo instante la relación que existía entre el niño y la curación. Pero su inconsciente manifestaba su reconocimiento obligándolos a ofrecer al muchachito una comida, un postre, o alguna ropa.

Desde el primer día de su llegada al poblado, se le presentó a Ken el problema de su albergue. Lo solucionó de un modo extraño y estrechamente relacionado con su misión: caminaba al azar por la villa, guiado por su tercer cuerpo sutil, cuando vio a un niño en una casa de muñecas, hecha a su medida, bajo la vigilancia de su madre. El chiquillo tenía la mirada perdida en el vacío y la madre un aire muy triste. Él padecía cierto retraso mental y ella quería ayudarlo a progresar intentando hacerlo jugar. Ken entró en el jardín y comenzó a hablarle al chico. La mujer, viéndolo vestido correctamente lo dejó hacer sin esperar nada, porque nadie, anteriormente, había podido hacer algo por su hijo.

Pero esta vez se equivocaba; vio que su hijo salía solo de la pequeña casa de muñecas por primera vez, venía a abrazarla y volvía a partir. Se puso a llorar de sorpresa y se arrodilló cerca de una de las ventanas para observar qué era lo que podía pasar entre Ken y su hijo.

El pequeño visitante hablaba al niño, y éste sonreía pareciendo comprenderle. El chiquillo se puso a dibujar mientras Ken cantaba con palabras que la madre no llegaba a comprender. Se animó, empezó a cantar con Ken, pero eran canciones en un lenguaje incomprensible, una lengua que la mujer, aunque instruída, jamás había oído.

Cuando cayó la noche, ella llamó al niño para que entrara a la casa. Ken entonces, se dirigió hacia la puerta del jardín dispuesto a irse. Súbitamente, el niñito comenzó a llorar, llamaba a Ken, pero la madre, confundida, no podía pedir a ese desconocido que se quedara con ellos.

Ella tomó entonces a su hijo en sus brazos y, desesperada, vio que su criatura volvía a estar exactamente como antes, sin reacciones, sin iniciativas.

Al día siguiente, el niño estuvo todo el tiempo silencioso, casi sin moverse, sólo se animó a la tarde cuando vio a Ken entrar nuevamente al jardín.

La madre comprendió que él era el único que podía tener influencia sobre su hijo como para curarlo. Intentó saber más sobre el joven desconocido, pero éste permanecía poco comunicativo. De pronto Ken la miró profundamente a los ojos, concentrando más poder en un instante del que emplearía un hipnotizador en una vida, y le contó una historia que la señora aceptó al momento. En efecto, la voz de Ken había bloqueado todas las facultades críticas de la mujer, y problamente, uno de los seres invisibles que acompañaban al pequeño sanador, había ido a posesionarse de uno de los centros nerviosos de su interlocutora.

El viajero le mostró un papel de su bolsillo que había preparado para la ocasión. Ella lo leyó y le pareció encontrar la confirmación a la historia escuchada. Creyó leer que la tía de Ken lo enviaba a la ciudad, a la casa de una de sus hermanas, a la que ella no veía desde hacía largos años; pero según decía el jovencito, el edificio en el que aquélla vivía había sido destruido y reemplazado por oficinas municipales. Ken estaba entonces perdido y pedía albergue por el momento.

En realidad, el papel no tenía nada escrito, era sólo un trozo de hoja en blanco. La mujer había sido hipnotizada, y estaba lista para recibirlo bajo su techo. Toda su alma esperaba que este joven sanador pudiera curar a su hijo. Y así fue.

Ken se transformó en cadete de un comerciante a quien convenció de que tenía cinco años más que su edad real. Luego, llegó también a convencer a una dama de la alta sociedad para que abriera un curso de literatura en el cual, gracias a sus comentarios sobre la poesía inglesa, las jóvenes mujeres comenzaron a escribir obras de alta imaginación, sin darse cuenta un solo instante que era la voz de Ken la que despertaba en ellas las capacidades dormidas.

Comenzó a ganar dinero en gran cantidad hasta poder abrir una cuenta bancaria, gracias a un escribano a quien apenas tuvo necesidad de influir presentándole falsos certificados de nacimiento.

El viejo hombre, corto de vista, otorgó al adolescente una mayoría de edad suficiente como para recibir a cambio un puñado de oro y representarlo en los actos jurídicos y operaciones comerciales que éste planeaba emprender.

El joven abrió su primera sociedad en la que comercializó un sistema inventado por él mismo, que permitía suprimir las neurosis por medio de la sugestión. Se trataba de un instrumento que amplificaba una vibración producida por un disco que daba vueltas en su mano. Era un pequeño cono que se aplicaba sobre zonas del cuerpo, chakras, puntos de acupuntura, como también en zonas que no representaban ni uno ni lo otro, zonas que la medicina china, aunque milenaria, también ignoraba. Este aparato permitía actuar sobre cualquiera de los dieciocho cuerpos y corregir problemas energéticos originados por los estados neuróticos.

Ken no se arriesgó a solicitar una patente de invención. Cualquier ingeniero industrial se hubiera dado cuenta de que este aparato funcionaba en obediencia a leyes que la civilización moderna todavía no había descubierto.
Por suerte, los pacientes de Ken no eran ingenieros industriales, sino solamente gente que sufría e imploraba ser curada.

Cuando aparecieron el fonógrafo y los primeros discos Ken comenzó a ganar más dinero. Tenía entonces apenas quince años y componía en esa época canciones curativas. Sus discos, que eran puestos sobre los viejos tocadiscos a manivela, parecían cantados por una voz de tenor, pero Ken los había grabado él mismo a todos.

Las canciones podían parecer tristes o alegres y empleaban textos que no tenían nada de original para la época, pero los sonidos de la voz de Ken accionaban sobre el sistema óseo de los que escuchaban, creando masajes internos muy poderosos, a nivel de los cuerpos energéticos; y Ken trabajaba directamente en un chakra por medio del sonido.

Un aspecto de esa voz tenía el poder de convocar seres invisibles. La mayoría de las veces eran seres de una jerarquía muy refinada que operaban invisiblemente en el espíritu y la mente de sus oyentes. Ninguno de éstos imaginaba que esos discos de moda, tan triviales, obraban en su cerebro, y que sus dieciocho cuerpos tenían una multitud de pequeñas inteligencias curativas. Los que escuchaban, cantaban y repetían las melodías, dándo así más fuerzas a sus sanadores invisibles.

Ken aumentó su fortuna de una manera considerable cuando terminó la puesta a punto de un amplificador de voz del que produjo un solo ejemplar. Se presentó en un diario dedicado a la agricultura, y haciéndose pasar por cadete de una empresa, hizo publicar un anuncio que comunicaba: Gracias a su aparato especial y a la más pura tradición chamánica, hacía llover; y así, él ofrecía sus servicios para combatir la sequía.
Inocentemente, con un deseo mágico, algunos agricultores preocupados pidieron probar el aparato y los servicios ofrecidos. El aviso afirmaba que el pago se haría sólo en caso de tener éxito.

El joven Ken llegó en un vetusto carro, vestido con un traje sobrio que le agregaba unos años más. Sacó su material, lo aseguró sobre su trípode, pidió al agricultor que se alejara y encendiera un fuego en el cual quemaría el paquete de hierbas que Ken le había dado.

Efectivamente, el agricultor había puesto toda su atención en las hierbas que Ken había arrancado al azar por el camino, y se interesaba un poco menos en las actividades del recién llegado. Ken realizaba diferentes rituales sobre el aparato e iba lanzando sonidos extraños que el portavoz amplificaba. Ninguna persona hubiera podido decir si se trataba de un pájaro desconocido, de una máquina que se destruía, o de un ser humano que sufría. Pero ante los campesinos asombrados, las nubes se acumularon, el viento sopló, el cielo se cubrió, y, en menos de media hora, la lluvia cayó.

El joven volvía cargado de dólares y cada vez con más mercadería que revendía en la ciudad. El máximo poder de Ken operaba sobre la multitud.

Se convirtió en escritor, impresor, y vendedor de sus propios libros. Siempre se hacía pasar por empleado de una empresa de la cual era, realmente, el único propietario, gerente y empleado. Si escribía sobre cocina y hacía un libro de recetas, combinaba los alimentos de tal manera que tenían un valor curativo a la vez que gastronómico. Si escribía un libro científico, debía poner mucha atención, porque su imaginación transportada por sonidos, le dictaba las fórmulas y las leyes que la ciencia descubriría mucho después.
Una vez se le escapó un escrito tecnológico muy avanzado, pero se dio cuenta justo a tiempo de su error y decidió cambiar la portada; le imprimió encima el título: "Libro de Ciencia Ficción".

Cuando alguien leía uno de esos libros le parecía oír una voz que le leía al oído. En efecto, los libros de Ken eran... criaturas vivientes. Ellos eran como sonidos congelados en formas, pero siempre listos para convertirse nuevamente en sonidos comprensibles cuando una mente imaginativa los recibiese.

Aquél que quería aprender, aprendía mejor. Aquél que compraba un libro para soñar, soñaba más constructiva-mente y se modificaba. Aquél que compraba uno de esos libros para aprender a construir una casa, lo aprendía, y sin saberlo, era orientado hacia una arquitectura bioenergética, donde los materiales están en total armonía. Una casa construida según sus planos permitía poner el cosmos en relación con la tierra, para mayor bien del hombre.

En breve, Ken amasó así una gran fortuna, haciendo inversiones con el poder maravilloso que había recibido en herencia. Se convirtió en un adulto de veinte, después de treinta, después de cincuenta años, viviendo aventuras extraordinarias. Era como un hombre invisible, que pasaba inadvertido y sin importancia. Ése era su principio y su obligación. Él representaba el saber de otras dimensiones y no tenía derecho de provocar confusión entre el hombre y ese saber. Prefería que la lógica de la humanidad continuara funcionando en el vacío, atribuyendo a la publicidad aquello que en realidad se debía a palabras de poder disimuladas en la imagen: creer que es un fertilizante el que acelera el crecimiento de las plantas, en lugar de suponer que son las inteligencias invisibles convocadas por la bendición hecha sobre el fertilizante.

Ken encarnaba ese principio de todos los iniciados: no puede haber una alta iniciación sin una profunda humildad. Así logró ejercer una acción profunda pero invisible sobre la humanidad, y decidió un día vivir mucho más cerca de la naturaleza: encontró un lugar que la naturaleza hacía vibrar; eligió aquel sagrado lugar indígena.

Cuando visitaba las cavernas con los muros pintados, los cantos sutiles del pasado respondían a los cantos secretos que él les lanzaba. Ken descubrió así que había podido vivir entre las almas descarnadas siglos antes. Sintió una profunda armonía entre él y ese acantilado.

Como no quería ningún intruso, hipnotizó a algunos obreros mejicanos a los que condujo en barco hasta esa playa, luego les proporcionó él mismo el material, con su helicóptero, hasta lo mínimo necesario. Los obreros estaban convencidos de estar trabajando en algún otro lugar de Méjico, mientras que en realidad estaban en California. Su patrón pasaba por un extraño mejicano de ojos azules, pero ya sabemos que se trataba de un canadiense. Cuando terminaron los trabajos, volvieron a partir cada uno con una fuerte suma de dinero, olvidaron toda la historia y se les borró hasta el último recuerdo de ese loco que quería vivir a solas sobre un acantilado.

Ese mismo loco, de quien yo sabía que era un gran iniciado (así me lo había enseñado el Magister Liroluvilui en nuestra última comunicación), me hacía ahora el honor de recibirme y tomarme como discípulo exactamente por setenta y dos horas, según me había dicho.

Decidí utilizar esta iniciación para resolver un problema que acecha a nuestra humanidad... pero, lo supliqué darme los medios técnicos para hacerlo, y no intentar en tan breve tiempo ningun exposición teórica.
Había apremio para suprimir una plaga que muchos utilizarón como arma y otro como fuente de sufrimiento personal para justificar su paralizis, su inacción o su falta de iniciativa: decidí partir en guerra contra el desden hacia el mundo invisible.

Es una guerra que no podemos perder, porque la apuesta es demasiado grande, se trata de nuestra felicidad, de la paz interior, del poder continuar nuestro crecimiento espiritual y llegar a armonizar nuestra vida y nuestra sociedad. A lo largo de la exposición de técnicas que Ken me presentó, sembraré en breves introducciones los nuevos conceptos que deberemos manejar para erradicar la enfermedad del desden ignorante, sin caer en otra, más peligrosa, orgullo, presompción e indiferencia humana, es decir egoismo.

Pido al lector seguir mi desarrollo tranquilamente, y le recuerdo que ninguna preparación anterior es necesaria, todos compartimos los mismos derechos, poderes y enfermedades... Entonces, ¡manos a la obra!

Primera Parte

Las Siete
Meditaciones Holísticas



Nota del Autor

no es indispensable de estar en posesión de los 7 mudras para poder efectuar las Meditaciones Holísticas enseñadas a continuación.


Unos consejos del Autor,
antes de emprender la práctica.

Todos hemos oído hablar de "holística", pero, ¿hemos ya visto algo que lo sea?
En las facultades y universidades, no la encontraremos, en las películas y los libros tampoco; yendo a ver un psicólogo, un psiquiatra, un médico, un sacerdote, un brujo... ¡tal vez!

Pero hay un lugar más sencillo donde la vemos varias veces por día. Cada espejo donde nos miramos la refleja. Nosotros, cada uno y todos, somos la única y verdadera "holística".

La holística pretende dar cuenta de todo, juntar todos los componentes del ser humano, y no podrían hacerlo ninguno de los profesionales citados, brujo incluido... a menos que se junten y formen una sola y misma entidad. En efecto, la holística del hombre necesita dejar de disociarlo en pedazos: cuerpo en el quirofano, mente en el consultorio del psicoanalista, espíritu en el templo y la iglesia... el hombre se pierde en esta división, pero que no se preocupe, el científico también (no puede ocuparse del espíritu), y el cura también (la mente no es su fuerte), tal vez el psicólogo, recién evadido del ámbito filosófico, intenta reconciliar a todo el mundo... pero tampoco llega por las pocas herramientas de indagación que tiene.

¿Qué nos queda para reencontrar "nuestro ser holístico"?

Debemos descubrir, agarrar (para no soltar más), compenetrarnos, amigarnos, entregarnos, a una ciencia o tecnología capaz de reunificar esta dramática división que se ha creado falsamente entre:

nuestro cuerpo,

nuestra mente,

nuestro espíritu.

Pocas ciencias/tecnologías permiten reconstituir nuestro ser. La más veraz de todas: el yoga.

Por sus miles de años de antigüedad, por su origen y su transmisión directa de los Registros Akáshicos, podemos decir que sólo ella abarca el tratamiento de los tres grandes grupos indicados. El fakirismo empleado en un ámbito espiritualista, igual que el hipnotismo, pueden entrar en los tres grupos. La medicina ayurvédica va en la misma dirección (conocemos sus reflejos modernos que se llaman "medicina alternativa"), la alquimia tradicional, la homeopatía también, aunque pocos homeópatas se encuentran preparados para hablar de los planos espirituales. Más cerca, la antroposofía nos seduce por un lenguaje similar.

No obstante, en estas ciencias que no son tan numerosas podemos encontrar muchas preguntas sin respuestas, y una gran duda: cómo diferenciar un alquimista verdadero de un charlatán, un fakir de un ilusionista, un médico ayurvédico apto para comprender las enfermedades modernas, un homeópata capaz de evaluar los planos espirituales, un hipnotizador suficiente conocedor de los estados de la conciencia y dotado de medios de indagación y control suficientes para poder guiar a su paciente en los varios niveles de conciencia y los accesos a otras dimensiones que implican tales variaciones...
Esperando que tarde o temprano la ciencia moderna se dedique a indagar estos campos para crear un auténtico enfoque holístico, tenemos que estar felices porque los Registros Akashicos nos hayan brindado tal regalo, como son las Meditaciones Holísticas.

Antes de empezar sus prácticas, el lector debe conocer algunos de los conceptos siguientes, y comprender porqué se llaman " meditaciones " y " holísticas."

La meditación significa habitualmente "vaciar la mente", sin perder la conciencia. La historia del espiritualismo muestra que está presente en todos los continentes y épocas, aunque bajo nombre diversos.

Agregamos otro enfoque: por qué no llamarla "autohipnotismo", es decir, búsqueda de un estado de conciencia diferente, controlado por uno mismo.

En las teorías que manejamos en Terapia Akashica volveremos bastantes veces a tratar la relación entre estados de conciencia y otras dimensiones, pero por ahora conservemos un concepto clave que vale expresar de modo lacónico y algo prosaico:

"Vaciar la mente para llenarla de otra cosa."

Aparentemente, la mente (que se manifiesta por el pensar, y mucho más por este brebaje que nos intoxica), esconde algo más importante que algunos llaman el espíritu.

Reemplacemos el concepto de "espíritu" por el de "ser bioenergético", reemplacemos la mente por "actividad del cuerpo neuronal", y tendremos una imagen más holística de nosotros: SOMOS DOS.

- un hombre neuronal, sensorimotor, creador de la división entre pasado, presente y futuro, encerrado en un mundo de tres dimensiones que recorre con sus cinco sentidos,
inventor del concreto, dueño de la facultad de análisis y de comprensión, etc... es el que médicos, psicólogos y semejantes han analizado. Pero no es él solo. Mejor dicho, él esconde cautelosamente:

- al hombre bioenergético: casi un extraterrestre que ocupa nuestro cuerpo. Su existencia se puede ver parcialmente a través de la organización conocida en la anatomía oculta y la bioenergía:

chakras + meridianos + kundalini + 18 cuerpos

+ 4 fetos + glándula pineal + 3er ojo

conocidos en esta literatura como "Los 7 pilares de la bioenergía".

¿De cuáles actividades se encuentra capaz este "superhombre que duerme en el hombre dormido"?

Vive en 22 dimensiones, tiene 60 sentidos que explican todos los fenómenos parasíquicos y supranormales, vive en un eterno presente (accesible por el hipnotismo), es responsable del pensamiento abstracto, de la facultad de síntesis, susurra a nuestro oído las intuiciones, se revela durante los sueños, vive exclusivamente en una dimensión energética.

¿Por qué lo conocemos tan poco?

Por el gran desnivel de energía que manejan los dos. Mientras el cuerpo neuronal parece tener tantas fibras como el más antiguo sequoia, el cuerpo bioenergético se expresa por fibras no más grandes que un sarmiento de alguna vid salvaje creciendo sobre el sequoia.

Aquí llegamos: para que nuestro ser neuronal pueda entrar en comunicación con él, debe aplacar la sobrecarga de actividad que tiene para poder escuchar el susurro casi imperceptible del ser bioenergético.
Es precisamente lo que pretende hacer la actividad llamada "meditación".

En breves palabras, las meditaciones de este libro, ligadas a los mudras llamados "Manos de Fuego", son holísticas porque tratan simultáneamente:

- la actividad del cuerpo, gracias a los Mudras,

- la actividad de la mente, gracias a los Mandalas,

- la actividad espiritual, gracias a los Mantras.

Estas 3 actividades deberán practicarse simultáneamente:

- los mudras son posiciones de manos con efectos energéticos particulares sobre la organización del cuerpo. Imaginemos que cada dedo es un cable eléctrico. Conectar algunos a otros, provocara la apertura de circulaciones energéticas nunca vistas en nuestro cuerpo, así empezará su reorganización.

- los mandalas son diseños excepcionales que, aunque modernos, son proyectados desde los Registros Akashicos, son verdaderas fotografías de otros mundos. Mirarlos paralizará la mente, no de forma patológica ni coercitiva, sino de forma educativa.

- los mantras son palabras sagradas. Se llaman así porque provocan vibraciones tan intensas que terminan convocando seres angelicales o de la naturaleza, de los mundos mágicos o de los planos divinos, cuya función será operar una cirugía sobre nuestros cuerpos sutiles.

La práctica simultánea de los 3, provocará reacciones extrañas, a veces fuertes, la máxima esperable podría ser una poca elegante diarrea o algunas románticas lágrimas... ambas cumplen la misma función de eliminación de trastornos energéticos.

El lector asiduo pasará por estados trascendentes, maravillosos, fantásticos, o no sentirán nada. En ambos casos el procedimiento funcionará de modo igual, lo que varía es la sensibilidad genuina.

Cuando el lector haya practicado 7 minutos por día una sola meditación holística y persevere durante varias semanas, tomará entonces conciencia de los cambios en él ocurridos.

La inteligencia de las energías convocadas es tal que evolucionaremos infaltablemente según un plano preestablecido, grabado en nuestra alma, tal como el código genético en el núcleo celular.

Sólo podemos progresar en las sendas subiendo si elegimos este camino, no debemos confundir las trabas e impedimientos que meterán en nuestro camino las inteligencias perversas. Siempre que un ser humano progresa hacia Dios, los secuaces del príncipe de este mundo (del ángel rebelde) entran en furia.

Que esto nos contente entonces, sabremos que estamos en el buen camino.

Un último consejo de espiritualista... antes de practicar una de las siete meditaciones, estudie bien cuál de ellas le parece más acorde a sus necesidades y no a sus deseos.

CAPÍTULO 13
Cwc

UTILIZACIÓN DE LOS MUDRAS
EN UN CÍRCULO DE MEDITACIÓN

Hay un punto donde la psicología y el espiritualismo se encuentran: cuanto más se eleva el nivel espiritual de un practicante, tanto más tiende a disolverse su malestar psicológico, es decir que tiende a allanarse su caótico terreno neurótico. Las razones que permiten explicarlo son complejas pero pueden resumirse en el hecho que dentro de los 17 cuerpos sutiles que tenemos y acompañan el cuerpo físico que llamamos habitualmente: nosotros; existe un cuerpo de muy mala fama, el "cuerpo diabólico".

Para decirlo sencillamente, este cuerpo hace el contrario del "cuerpo angelical" que también contenemos. Mientras este último nos aporta el recuerdo de la perfección, la esencia de lo divino, la raíz de la bondad y de la inocencia, el otro cuerpo tiene por función pervertir todo lo bueno que podemos encontrar en nosotros y en los demás.

Es entonces el cuerpo diabólico el que genera neurosis, sufrimientos, maldad, angustias, atrae el miedo, incita a la destrucción, el desacuerdo, la violencia.

Es de buen guerrero buscar todos los medios para aplacar nuestro cuerpo diabólico mediante ejercicios espirituales; y esto es precisamente lo que va a permitir la Reina de las Meditaciones.

El lector, según toda probabilidad, ha encontrado pocas veces en su vida un medio tan abarcativo de la totalidad del ser. Es que aquí deberá practicar 7 meditaciones sucesivas de 7 minutos, para poder sentir la gran elevación espiritual que habitualmente comentan los practicantes de los 7 mudras.

Veamos el orden cronológico
de la séptuple meditación

Paso 1

Elegir en su casa un lugar tranquilo, protegido de las miradas, donde estará seguro de no ser molestado por más o menos una hora. Debe tener también un espacio vacío de más de 2 metros de diámetro.

Una vez elegido, trace un círculo, lo más exacto posible, determinando 7 puntos en la circunferencia, después de ubicar el norte exacto mediante una brújula. Si desea hacerlo muy exacto sepa que los 7 puntos serán separados mediante un ángulo de 51,5 grados que es prudente medir con transportador.

Una buena técnica consiste en fabricarse un círculo de papel, habiendo ya materializado dichos ángulos.

Paso 2

Colocar en el punto norte del círculo (lo llamaremos el punto A) el mudra n°5. Yendo en el sentido de las agujas del reloj, colocar en los 6 otros puntos los mudras:

n°3 (punto B= norte + 51,5 grados),

n°6 (punto C= norte + 103 grados),

n°2 (punto D= norte + 154,5 grados),

n°4 (punto E= norte + 206 grados),

n°1 (punto F= norte + 257,5 grados)

y n°7 (punto G= norte + 309 grados), en este orden.

Paso 3

Preparar el mandala que corresponde a cada número de mudra, y tener listo también el mantra, que lo acompaña (diferente para hombre y mujeres). Se trata de los mandalas y mantras que hemos encontrado en la parte I del presente libro. (capítulos 1 hasta 7)

Paso 4

Sentarse en el centro del círculo, frente al mudra del punto A, e imitar este mudra, copiando la posición de dedos lo más exactamente posible. Memorizar rápidamente el mantra que le corresponde, y fijar la mirada sobre el mandala que corresponde a este mudra y mantra. Durante 7 minutos (durante los cuales conviene tener los brazos lo más relajados que se pueda), repetir en voz alta el mantra, sin dejar de mirar el mandala (la mente vacía, sólo ocupada en mirar), y sin soltar el mudra.

Paso 5

Terminados los 7 minutos del paso anterior, sentarse mirando el mudra del punto B, y hacer lo mismo con su mudra, mantra y mandala correspondiente. Haremos el mismo procedimiento hasta llegar al 7mo mudra que se encuentra en el punto G, 49 minutos más tarde.

Paso 6

Llegado al punto G, séptimo mudra, pararse, agradecer mentalmente al mundo invisible la oportunidad que nos dio de entrar en este mundo paralelo (así fue, aunque no nos hayamos dado cuenta), y salir por el espacio que existe entre el punto G y A. Desde afuera, desarmar el círculo. Tres reglas son importantes respetar desde ahora:

- no dejar armados los 7 mudras en esta posición si no estamos adentro del círculo,

- no practicar esta ceremonia de meditación si no tenemos "los 7 mudras materiales", sólo funcionaría una trigésima parte y el tiempo perdido sería demasiado frustrante para que el resultado sea positivo.

- para que el efecto se establezca conviene repetirlo 7 días consecutivos en el mismo lugar y la misma hora, con las modificaciones a continuación.

- es tres veces más poderoso hacerlo durante una fase lunar de cuarto creciente.

Paso 7

El segundo día mover todos los mudras de un punto en el sentido de las agujas del reloj. Esto implica que el mudra, que anteriormente estaba en el punto A, pasa al punto B, y así de todos los otros. El cuadro siguiente indica la posición de cada mudra, en cada uno de los 7 días.

Días

Puntos

           
  A B C D E F G
1 n°5 n°3 n°6 n°2 n°4  n°1 n°7
2 n°7 n°5 n°3  n°6 n°2 n°4 n°1
3 n°1 n°7 n°5 n°3 n°6 n°2 n°4
4 n°4 n°1 n°7 n°5 n°3 n°6 n°2
5 n°2 n°4 n°1 n°7 n°5 n°3 n°6
6 n°6 n°2 n°4 n°1 n°7 n°5 n°3
7 n°3 n°6 n°2 n°4 n°1 n°7 n°5

Paso 8

El segundo día y todos los siguientes, siempre reempezaremos los pasos 4 hasta el 6, obviamente, adaptando nuestras manos, el mandala y el mantra, al que corresponde esta vez el punto A.

En pocas palabras, la posición nuestra, y la forma de salir del círculo, no cambien durante los 7 días.

Lo que cambia es el mudra puesto en el punto, y por consecuencia el que trabajamos que debe ser el mismo que el objeto. En 7 días, sin dejar nunca de mirar al norte, haremos sucesivamente los 7 mudras que corresponden con sus respectivos mandalas y mantras.

Paso 9

Hay que evitar desarrollar demasiado ansiedad, el efecto espiritual es seguro, si el ejercicio es hecho correctamente, con el mejor esfuerzo posible. El mundo angelical sabrá ser indulgente para los que no están muy entrenados a domar su concentración, pero no tendrá complacencia por los que no son puntuales, los que son irrespetuosos de las reglas aquí presentadas, los que no conservan el secreto de sus logros y sensaciones, los inconstantes, los curiosos, etc...

No obstante, no esperan encontrar un practicante convencido de entrada, sino alguien que cumple las reglas descritas y espera honestamente ver los resultados, sin prejuicio ni complacencia. Esta meditación puede repetir tantas veces como uno quiere, incluso en las otras fases lunares, puede transformarse en una ceremonia universal que uno utiliza como arte de vida.

Paso 10

Puede ocurrir que alguien desee iniciar a otra persona en este entrenamiento, hay entonces 2 reglas más para respetar:

- nadie debe presenciar la meditación real, una sola mirada indiscreta anularía todo el efecto, y el perjudicado sería el que invierte casi una hora de su tiempo en un encuentro confidencial con los ángeles. Se puede ayudar el practicante en una simulación para que aprenda las etapas, no más.

- el nuevo practicante debe guardar la intimidad de la practica y de sus resultados, y no debe compartirla ni con su propio iniciador.