CAPÍTULO 1

LOS PODERES MÁGICOS
DE LA BIBLIA
(O mi encuentro con el monje ciego)

 

Estaba curioseando tranquilamente en esa maravillosa catedral que es Notre Dame de París, cuando un viejito desconocido me abordó y sin preámbulo alguno me entregó un grueso sobre cerrado. Sorprendido tanto por los ojos ciegos del personaje como por su atuendo de sacerdote, vi que mi nombre completo estaba criptografiado en el alfabeto del Magister LIROLUVILUI, que yo ya descifraba tan fácilmente como si fuera mi lengua materna. Antes de que pudiera hablarle, el personaje, surgido de la nada, desapareció detrás de una columna, cerca del altar de la Virgen.

Sólo el Magister, mi Maestro Espiritual, al que yo nunca había visto, podía haberme enviado este mensajero ciego.

El paquete contenía dos cartas y un libro.

"Hijo mío, -empezaba la primera carta- te envié al sacerdote ciego para que te entregue un libro de suma importancia para tu humanidad actual.

Verás que el propósito de este escrito se podría resumir así: no se trata más de pedir a la gente que crea en Dios, sino de que lo experimente.

Sé que este libro atraerá sobre tu cabeza de autor-filósofo,  los relámpagos de muchas autoridades eclesiásticas de numerosos países, pero también sé que muchos prelados se regocijaron en su corazón, muy secretamente, de la materialización de esta obra en una época donde hasta los sacerdotes llegaron a dudar.

Es indispensable -antes de que leas lo que te entregó este personaje fuera de lo común- que conozcasa su historia. Sólo así comprenderás cuán grandes son los designios de Dios y cuán cerca están de todos los milagros.

Hace 65 años, en una aldea perdida del País Vasco, en España, vivía un niño que entonces tenía 7 años. Era un niño extraño, tal como puede serlo un introvertido cargado de secretos fantásticos que él sólo poseía, y temeroso de que el mundo se enterara y lo persiguiera.

El niño ya sabía que su mirada podía leer la mente de los vecinos (de allí provenía su temor); que brotaban de su memoria raros recuerdos de monasterios antiguos ocupados por gente con toga de color naranja y de rasgos orientales. A veces, un ruido le recordaba esas trompetas que se oían en las montañas y cada vez que veía una vaca pastoreando, no podía impedirse imaginar un yak, esos animales con largo vello de las montañas tibetanas.

El niño era la reencarnación viviente de un lama de alto rango espiritual, pero le faltaba saber que existían el Tibet, los lamas y la reencarnación. Así dejaría de sentirse tan diferente de los demás y no tendría más miedo a la persecución de los ignorantes.

Por otra parte, no era tan diferente de los otros niños, jugaba, cantaba, dibujaba, corría hasta perderse en las montañas, en exploraciones sin fin.

Su felicidad de niño querido iba a durar poco tiempo. Justo en el día de cumplir sus 7 años, su madre lo tomó en sus brazos abrazándolo efusivamente, luego, apoyándose sobre su hombro como si fuera una anciana, se hizo conducir a su habitación, se acostó lentamente en su cama, como tomada por un cansancio de milenios de trabajo y, estrechando su mano, murió silenciosamente diciendo, "no llores, mi niño, pronto nos veremos tú y yo juntos con los ángeles".

El niño, conmocionado, incapaz de enfrentar tal situación, al ver que desaparecía su único apoyo moral en la vida (su madre era la única persona que sospechaba todos sus secretos pero los guardaba igual que él), vio que la adorada viviente tenía una mirada lejana, sin sentido para este mundo, y empezó a oír el brutal silencio de un corazón amado que dejaba de latir... Tan grande fue su tensión emocional, incapaz de llorar y con una sensación de ahogo, que se escapó de la casa. Corrió varios kilómetros para refugiarse en su oasis de paz. Una gruta secreta en la montaña que dominaba la aldea. El acceso a esa gruta constituía uno de sus mayores secretos. Su entrada, muy estrecha, apenas suficiente para que se deslizara su joven cuerpo, estaba escondida detrás de la cortina de agua de una cascada.

El niño entró, mojado, temblando de frío, la mente incapaz de pensar, tan grande era la rebeldía de sus emociones, la rotura de su alma, el grito de desesperación de su soledad.

Sólo Dios sabe si en ese momento se durmió y soñó, o si fue verdaderamente una aparición que le habló. El niño miró la pared donde llegaba un poco de luz a través de la cascada. Le parecía ver que se formaba un busto humano... Una mujer hermosa como la madonna que miraba apaciblemente a los fieles en la iglesia de su aldea. Medio dormido, el niño observó que los brazos estaban formados por raíces agarradas a la pared. La aparición abrió los ojos, lo miró con la misma paz y cariño que su madre. Con una divina serenidad, habló, pronunció sólo pocas palabras que iban a cambiar toda la vida de la criatura:

"Niño, sé lo que estás sufriendo. Tan fuerte y puro es este llanto interno que Dios mismo te ha oído. Sólo deseo que contestes una pregunta...

Si Dios te otorga la visión de un ángel a fin de que descubras los paraísos escondidos en los hombres, ¿renunciarías para siempre a ver el mundo de los infiernos que también contiene al Hombre?"

No tuvo que pensar mucho tiempo. Desde lo más profundo de su corazón ya brotó la contestación. -¡Sí!- dijo.

"Entonces, ven, y arranca esta raíz, debajo de mi cuerpo. Toma lo que encontrarás detrás de ella. ¡Mírala bien porque será lo último que tus ojos humanos verán! Escóndelo en un lugar que tú sólo conocerás, y regresa con los humanos durante 72 días. Luego podrás descubrir por tí mismo lo que tendrás que hacer."

La aparición se volvió nuevamente roca. El joven se desperezó, bostezando, medio exaltado, medio dudando. No obstante, se acercó a la pared, vio las raíces disecadas saliendo de las fisuras. Tal como si fuera un juego de niños, las agarró y las tiró, convencido de que nada pasaría. Pero, al instante, las raíces parecieron saltar alegremente de la pared llevando multitud de pequeñas piedras y descubriendo un profundo nicho que nadie hubiera sospechado. Él se agachó para mirar adentro. Tenía fósforos, prendió uno, y vio relucir un recipiente de cristal puesto sobre una piedra redonda tal como las que ruedan en los ríos, con paciencia, durante siglos. También se apoyaba sobre la copa un objeto bronceado de forma sumamente extraña.

Supersticioso, pero profundamente feliz de que Dios le hubiese enviado tal regalo, agarró con suma delicadeza los tres objetos. Empezó a examinar la piedra y la vio grabada con símbolos desconocidos.

Por curiosidad, tomó el tercer objeto y jugó un rato con él. Sin darse cuenta, las memorias de sus encarnaciones pasadas lo incitaron a enganchar su pulgar izquierdo en uno de los orificios. Espontáneamente los otros dedos se posicionaron en las cuatro otras formas geométricas. Repentinamente, un brutal sacudón lo hizo saltar de sorpresa. Era como una enorme inteligencia angelical que invadía su mente con torrentes de conocimientos... y, al momento, comprendió todo: este objeto era una de las llaves de la inteligencia divina.

Con la mirada de un anciano muy sabio, tal como un viejo alquimista examinaría la piedra filosofal, escudriñó la roca redonda y todo le parecío claro. Era uno de los alfabetos de Dios. Al lado de cada uno de los 72 dibujos desconocidos, alguien había grabado una de las letras del alfabeto que él aprendía en el colegio. Era la traducción del alfabeto secreto. A cada dibujo le correspondía una letra, o un número. También había diez cifras y unos símbolos geométricos desconocidos. Aquí la llave no le permitió penetrar en la inteligencia de todos los símbolos.

Más evidente le pareció la copa; ésta estaba esculpida con centenas de esos dibujitos cuya repetición hacía pensar que se trataba de un largo texto de suma impotancia. El niño quiso salir de la gruta para intentar ver mejor el recipiente de cristal con la luz de la puesta del sol. Así lo hizo: miró el sol a través de la copa y sorpresivamente un rayo refulgente, un increíble destello pareció brotar del sol y precipitándose a través del cristal, le golpeó los ojos. En ese momento, se hizo la obscuridad más absoluta.

Práctico, el niño supuso que el sol había terminado de  hubiese enviado tal regalo, agarró con suma delicadeza los tres objetos. Empezó a examinar la piedra y la vio grabada con símbolos desconocidos.

Por curiosidad, tomó el tercer objeto y jugó un rato con él. Sin darse cuenta, las memorias de sus encarnaciones pasadas lo incitaron a enganchar su pulgar izquierdo en uno de los orificios. Espontáneamente los otros dedos se posicionaron en las cuatro otras formas geométricas. Repentinamente, un brutal sacudón lo hizo saltar de sorpresa. Era como una enorme inteligencia angelical que invadía su mente con torrentes de conocimientos... y, al momento, comprendió todo: este objeto era una de las llaves de la inteligencia divina.

Con la mirada de un anciano muy sabio, tal como un viejo alquimista examinaría la piedra filosofal, escudriñó la roca redonda y todo le parecío claro. Era uno de los alfabetos de Dios. Al lado de cada uno de los 72 dibujos desconocidos, alguien había grabado una de las letras del alfabeto que él aprendía en el colegio. Era la traducción del alfabeto secreto. A cada dibujo le correspondía una letra, o un número. También había diez cifras y unos símbolos geométricos desconocidos. Aquí la llave no le permitió penetrar en la inteligencia de todos los símbolos.

Más evidente le pareció la copa; ésta estaba esculpida con centenas de esos dibujitos cuya repetición hacía pensar que se trataba de un largo texto de suma impotancia. El niño quiso salir de la gruta para intentar ver mejor el recipiente de cristal con la luz de la puesta del sol. Así lo hizo: miró el sol a través de la copa y sorpresivamente un rayo refulgente, un increíble destello pareció brotar del sol y precipitándose a través del cristal, le golpeó los ojos. En ese momento, se hizo la obscuridad más absoluta.

Práctico, el niño supuso que el sol había terminado de 

hubiese enviado tal regalo, agarró con suma delicadeza los tres objetos. Empezó a examinar la piedra y la vio grabada con símbolos desconocidos.

Por curiosidad, tomó el tercer objeto y jugó un rato con él. Sin darse cuenta, las memorias de sus encarnaciones pasadas lo incitaron a enganchar su pulgar izquierdo en uno de los orificios. Espontáneamente los otros dedos se posicionaron en las cuatro otras formas geométricas. Repentinamente, un brutal sacudón lo hizo saltar de sorpresa. Era como una enorme inteligencia angelical que invadía su mente con torrentes de conocimientos... y, al momento, comprendió todo: este objeto era una de las llaves de la inteligencia divina.

Con la mirada de un anciano muy sabio, tal como un viejo alquimista examinaría la piedra filosofal, escudriñó la roca redonda y todo le parecío claro. Era uno de los alfabetos de Dios. Al lado de cada uno de los 72 dibujos desconocidos, alguien había grabado una de las letras del alfabeto que él aprendía en el colegio. Era la traducción del alfabeto secreto. A cada dibujo le correspondía una letra, o un número. También había diez cifras y unos símbolos geométricos desconocidos. Aquí la llave no le permitió penetrar en la inteligencia de todos los símbolos.

Más evidente le pareció la copa; ésta estaba esculpida con centenas de esos dibujitos cuya repetición hacía pensar que se trataba de un largo texto de suma impotancia. El niño quiso salir de la gruta para intentar ver mejor el recipiente de cristal con la luz de la puesta del sol. Así lo hizo: miró el sol a través de la copa y sorpresivamente un rayo refulgente, un increíble destello pareció brotar del sol y precipitándose a través del cristal, le golpeó los ojos. En ese momento, se hizo la obscuridad más absoluta.

Práctico, el niño supuso que el sol había terminado de  desaparecer detrás de la montaña. Miró el cielo, no había estrellas, pero si el cielo estaba nublado eso era normal. Tomó nuevamente su caja de fósforos, prendió uno, oyó el chasquido, olió el azufre, sintió el calor, hasta casi se quemó... pero no vió la luz de la llama. Asombrado, cayó sentado, por suerte sin dejar escapar la frágil copa.

Por fin comprendió la frase de la madonna aparecida:

"Toma lo que encontrarás detrás de ella. ¡Mírala bien porque será lo último que tus ojos humanos verán!"

¡Estaba ciego! Irremediablemente ciego. También tomó conciencia de que bajo la yema de sus dedos corrían suaves picazones. Intentó mirar... y vio. ¿Pero qué vio? Los símbolos de la copa se formaban en su mente como en un pizarrón de colegio. Aparecían pequeñas criaturas vivientes con formas geométricas, que respiraban, bailaban y cantaban. Se dio cuenta de que no podía ver más la silueta de los árboles en la penumbra, pero sus dedos sí leían fácilmente esos símbolos, y además, podía escuchar el sonido de cada letra, cantada como por un coro maravilloso. Retomó en su mano izquierda la llave de sabiduría angelical, tocó suavemente la copa con su mano derecha y se sintió colmado por una felicidad maravillosa, tal como si fuera sumergido en un paraíso interno. No sólo sus dedos veían y oían el texto sagrado, sino que también lo podía comprender. Las voces cantaban en un idioma desconocido, pero él sabía que el lenguaje humano se comprendería a través de esa lengua extraña de los sacerdotes. Se parecía un poco al español, francés o italiano, pero no era ninguno de los tres, se llamaba latín. Una lengua mágica que agradaba a los ángeles.

El niño escuchó con beatitud, el mensaje de la copa y se dio cuenta de que había cerrado para siempre sus ojos terrenales a los infiernos humanos, para abrir sus ojos celestiales a los paraísos escondidos.

No hablaba de él específicamente, sino de todo ser que cumple su misión espiritual, la que Dios le otorgó antes de nacer, y para que pueda entonces morirse en paz y tener un despertar espiritual. El niño intuyó que su madre había terminado gloriosamente su misión... y así se fue en paz.

Pero, ¿qué misión? pareció preguntarle una voz interior, y otra voz le contestó. ¡Dar a luz a tu cuerpo para que el alma de un gran maestro se adentre en tí, luego enseñarte a leer, y, por fin, conducirte a esta gruta y en este momento, donde un rayo de voluntad divina debía caer sobre un ser humano preparado!

El joven quedó perplejo. La voz recalcó: "Recuerda, fuiste el más joven de la aldea en saber leer. Hasta el cura de la iglesia vino a visitarte para ver si era cierto que un bebé de apenas de tres años y medio podía leer la Biblia. ¡Era cierto! Podías pronunciar las palabras, y cuando reconocías que se trataba de un animal o de algún objeto que ya conocías, te reías. ¡Por eso el sacerdote se fue precipitadamente haciendo el signo de la cruz!

Cuando tu madre se despidió de ti, te envió a esta gruta y así cumplió su tercera misión... darte esta copa, la piedra y la llave. "

El niño, conmocionado, no sabía si debía llorar, ser feliz, agradecer a Dios o extrañar a su madre. De súbitamente dejó de sentirse solo, comprendió que La visión de los ángeles le permitiría siempre descubrir los paraísos y evitar los infiernos. Paz y serenidad bendijeron su mente. Por fin pudo llorar como un niño que admitía que nunca más podría ir a refugiarse en los brazos de su madre, que nadie vendría ya a acariciarlo en su cama por las noches ayudándolo a dormirse con los ángeles, y que por la mañana no habría nunca más un desayuno de leche y pan caliente sobre una bandeja, traído por una mamá cariñosa. Le vino también a los labios una oración para todos los niños del mundo, quienes nunca tuvieron ni madre, ni cama, ni desayuno, y que se murieron de hambre porque el infierno de los hombres conducía más naturalmente a construir armas mortíferas para los inocentes que a construir casas para los niños huérfanos, o a sembrar más pestes en los pueblos pobres que dorados campos de trigo, que harían sonreír a los paraísos internos de los hambrientos.

El niño dejó de llorar... y de ser niño.

Ya sentía sobre sus hombros el peso de la injusticia humana. También una frase se formó en su mente:

"Cuando el niño toma conciencia de la muerte, cuando sufre la rebeldía del deber perecer, llegó el momento en el cual Dios deja de considerarlo como un niño ingenuo sin pecados en el alma. Desde entonces será considerado como un hombre responsable que tendrá toda una vida para demostrar al plano divino, que merece conquistar la inmortalidad, es decir, llevar siempre el bolso de su conciencia en el camino solitario de las encarnaciones sucesivas."

El niño comprendió inmediatamente que era ya un inmortal. Ya había muerto varias veces y había renacido tantas otras. Y su madre también. Así comprendía estas dulces palabras que le susurraba su madre: "Duerme mi hijo, viaja a los paraísos donde te guiarán los ángeles. Sé como un caracolito, recuerda que tu casa te sigue donde tú vas porque tu hogar existe en el corazón de la gente que te veneró a lo largo de los siglos, durante tantas vidas. Tienes una infinidad de hogares en una infinidad de corazones".

El niño regresó a la caverna tanteando. Enterró cuidadosamente la copa envuelta en una de sus ropas, pero se llevó la llave, más fácil de esconder. 

Se fue caminando a la ciudad.

Los médicos que lo observaron concluyeron que su ceguera física era incurable, al menos dentro del límite que conocía la ciencia.

Esperó que se cumplieran los 72 días, tal como le ordenó la aparición.

Durante este plazo, la llave que empleaba cada noche en el doble secreto de su alcoba y de la oscuridad, le enseñó qué textos de la Biblia debía recitar cada noche para soñar su misión espiritual.

Así cumplía, leyendo el texto religioso en la oscuridad, con las yemas de sus dedos. Se dormía cada noche murmurando los versículos, y recibía en sueños cada vez más nítidos.

Al término de los 72 días ya había comprendido: fue enviado a esta tierra con el compromiso de revelar a la humanidad los poderes mágicos de la Biblia, para que cada persona puediese experimentar directamente el poder de Dios sobre los hombres y la naturaleza, luchar contra la maldad y vencer las fuerzas oscuras que destruyen esta humanidad.

Regresó a la caverna dotado de más sabiduría que un anciano eremita tibetano. Con el poder de visión que poseían sus dedos leyó el mensaje de la copa de cristal y descubrió que quien bebiera de su agua, después de haberla consagrado, bebería la sabiduría misma de Dios. Si persitía durante 7 años, 7 meses y 7 días, la sabiduría de Dios habitaría para siempre en su alma.

El niño hizo un voto de silencio de esa misma duración, esperando que cuando hablara nuevamente, habría ya bebido suficiente sabiduría divina como para poder cumplir plenamente su misión. El sabía intuitivamente que los infiernos de los hombres lo iban a hostigar por poseer esta extraordinaria capacidad.

La noche subía en el rincón más escondido del altillo. No necesitaba luz... Allí había instalado su laboratorio de magia bíblica. Ponía la llave angelical en su mano izquierda, leía el texto religioso y veía en su mente como el texto plasmaba ángeles de batalla en la sal recogida del seno del mar, tal otro en la tinta china, y luego los dos se unían en una ceremonia del fuego y del agua, para expulsar todos los demonios de una persona y reenviarlos al infierno. Sus dedos podían leer un texto impreso en cualquier idioma, con la única condición de que se tratara de la Biblia o de algún otro texto sagrado. Por otra parte, cuando tomaba notas sólo podía hacerlo en este alfabeto del Magister LIROLUVILUI, porque era el único medio por el cual podía volver a leer con sus yemas.

Durante el día cumplía pequeñas tareas domésticas comunes en una granja, pero ya aplicaba sus conocimientos mágicos de la Biblia. Cuando sacaba agua del pozo parecía jugar con ella rozándola algunos instantes, pero nadie hubiera pensado que, en realidad, la consagraba con la frase ".....", transformándola en agua curativa.

Cuando amasaba el pan familiar, cohortes angelicales venían al murmurar el versículo: ".....". Tan rico era este pan que las familias de la aldea venían a obsequiarle el doble de harina para comprarle un poco de este pan de Dios, el bien nombrado.

En la mañana del séptimo día, después del séptimo mes, al cabo del séptimo año, un incidente decisivo lo hizo salir de su mutismo -que todo el mundo creía incurable- y lo transformó en el hombre de poder más querido en leguas alrededor del pueblo.

El alcalde era un hombre alto, tan austero que nadie recordaba haberlo visto sonreír una sola vez. Un hombre  poderoso, dueño de mucho ganado. Un hombre que parecía malo a fuerza de ser insensible. Justo con los humildes y feroz con los campesinos que explotaban a los peones en forma inhumana.

El alcalde y su esposa tuvieron una hija que el hombre maldijo después de renegar de Dios cuando su esposa murió en el parto. La niña nació doblemente huérfana, de una madre que no pudo sobrevivir y de un padre que la desdeñaría hasta sus 14 años.

A esta edad, justo cuando el niño cumplía sus 7 años, 7 meses y 7 semanas de voto de silencio, una caída de caballo hizo que la adolescente entrara en un coma del cual ningún médico parecía capaz de sacarla.

Apenas lo supo, el joven se precipitó a su casa. Su única amiga en el mundo estaba muriéndose.

El alcalde, que conocía al adolescente ciego, habituado a verlo merendar cada domingo en la cocina en compañía de la hija repudiada, lo recibió a gritos. A gritos y llantos. El hombre acababa de comprender que amaba desesperadamente a su hija y que, por segunda vez, Dios le retiraba el único ser que amaba. ¡Su hija ya no respiraba! su corazón no latía, su bello rostro de cera ya tenía los ojos cerrados, por la manía de una vieja nurse, quién lloraba por perder una hija criada por ella.

El niño, sin conmoverse por los gritos del padre y los llantos de la enfermera, se acercó para tocar la frente de su amiga. Sus dedos, que veían los paraísos internos, le dejaron percibir que en el centro de la cabeza quedaba un paraíso viviente. El joven ignoraba que se trataba de la glándula pineal. Entonces se dio vuelta hacia el padre, lo miró con sus ojos ciegos, y con la voz de un profeta, una voz que nadie había oído, no una voz de niño o de adolescente en muda, sino de hombre viejo y sabio, dijo al
padre:

"Hombre de poca fe, con corazón de piedra, eres más ciego que una lechuza en la luz del sol. Si hago revivir a tu hija ¿La amarás por fin?, ¿Cumplirás la promesa silenciosa que acabas de hacer a Dios? ¿Volverás a venerarlo con fe y devoción? ¿Antes de cada amanecer que El te concediera vivir, irás a obsequiar una rosa a nuestra Virgen María? ¿Irás sin caballo, sin zapatos, en la lluvia y el frío? ¿Caminarás sobre las piedras? Te arrodillarás para subir los peldaños de la iglesia sin preocuparte de las burlas de los incredulos, esos verdaderos ciegos?"

Con sorpresa, el padre aterrorizado cayó sobre sus rodillas, escondió su rostro entre sus manos, avergonzado por que un niño hubiera leído lo que él mismo había propuesto a la Virgen en el secreto de su mente, y escondido en el bosque de su enojo hacia Dios.

Perdiendo toda dignidad frente a lo desconocido, el alcalde se aplastó sobre el piso como un sacerdote durante la ordenación y con toda su alma torturada gritó -"¡Sí!"- antes de sacudirse espasmódicamente en lágrimas y poniéndose a rezar.

La enfermera, menos conmocionada, comprendiendo apenas lo que pasaba, como una comadre de mercado, salió corriendo para ir a contar todo a sus vecinas, temerosamente agrupadas en la puerta del alcalde. Todos amaban a la hija como amaron a la madre fallecida, y todos temían la ferocidad del padre.

Dios quiso que nadie viera lo que hizo el niño, y así el misterio de esta casi resurrección sería completo durante años.

Con su cuchillo campesino, el niño cortó la cebolla que iba a ser su almuerzo diciendo "....." Colocó una mitad sobre la frente de la joven y la otra mitad sobre su
ombligo. Con el aceite de oliva que reservaba para empapar su pan negro dibujó un triángulo conteniendo una cruz sobre el corazón de la joven, mientras pronunciaba los versículos siguientes ".....".

Colocó su mano derecha debajo de la cabeza de la muerta y su otra mano sobre el ombligo. Con voz de profeta, mientras el padre sollozaba tomado de las piernas de su hija, él recitó".....". Sabía que un ser invisible de la peor especie había entrado por el ojo izquierdo de la joven. Una vieja bruja del pueblo no soportó que la joven desdeñara a su hijo y la maldijo cuando la cruzó en el camino, yendo a caballo. Este último se desbocó, más asustado que la joven, y ella, aunque buena jinete, no tuvo ni tiempo de agarrarse del cuello del animal aterrorizado, y cayó.

Por el poder mágico del texto bíblico, el demonio fue obligado a salir de la glándula pineal donde batallaba contra el último paraíso de vida de la adolescente. Él se refugió en el centro de la cebolla. Por el poder del símbolo y del versículo pronunciado cohortes angelicales entraron en el corazón de la niña para fortalecer el cerebro de su cuerpo del alma. Tan violenta fue la batalla en el cuerpo que empezaron las piernas a sacudirse. El padre, estupefacto, se refugió en una esquina de la habitación como aterrorizado por millares de fantasmas. La niña tosió, y ése fue el momento donde el joven supo que el demonio había salido.

Retiró las dos medias cebollas y fue rápidamente a enterrarlas al pié de un árbol del jardín. "Una vida por una vida", el alma de ese árbol se desencarnó en 7 días dejando sólo una madera seca y sin vida.

El padre llorando, perdiendo su rostro arrugado por la dureza, abrazaba a la vez a su hija y al joven salvador. La niña, conmovida por esta primera caricia de su padre, le dijó: "Papá, he visto a la Virgen que me acariciaba la frente. Soñé que me encontraba en un jardín maravilloso donde los árboles conversaban con las piedras y los hombres. Ellos era transparentes tal como las aguas de los ríos en la montaña. Yo veía a través de ellos, y todos estaban muy atareados. Fabricaban coronas de 7 rosas mientras rezaban esta frase "El que entra en el descanso del cielo descansa de todas sus obras como Dios descansa de las suyas". Estaban en paz, pero muy apurados, diciéndome que muchos corazones de los hombres necesitaban estas coronas, para que su alma retomara la consciencia de Dios."

El padre fue invadido por una gran paz interior que nunca más se le quitaría. Su alma comprendió el mensaje. Desde esa fecha, no dejó ni una mañana de recorrer descalzo las 3 leguas para ir al altar de la Virgencita en la aldea, y obsequiar la rosa que él mismo cortaba en su jardín de invierno. Le pedía permiso humildemente al rosal para sacarle una de sus hijas en honor a la Virgen María.

La historia finaliza de la siguiente manera: el alcalde fue el mejor de los alcaldes que conoció el país. Su hija fue maestra varios años, hasta que un campesino encontró sobre un camino el cuerpo del padre, envejecido, el rostro sonriente como habiendo visto a Dios, los ojos abiertos, llenos de una paz que conmovió de respeto a los más ancianos del pueblo. El alcalde tenía en su mano una corona de 7 rosas que él mismo tejió rusticamente para devolver a la Virgen su regalo de paz a un corazón furioso.

La hija comprendió que su sueño y misión espiritual se habían cumplido y se retiró a un monasterio, sobre un acantilado golpeado por el oceáno. He sabido que murió en un envidiable estado de despertar espiritual.

Desde ese día de la resurrección, el joven no pudo más esconder su extraordinaria capacidad de comprender el poder mágico de la Biblia. La visión angelical que tenía le permitía descubrir en cada una de las frases de cada profeta, dónde estaban las llaves de los paraísos internos de los hombres. Los creyentes, los no creyentes, los ateos y hasta los entregados al demonio conservan todos, un paraíso secreto que puede permitir a un ángel rescatarlos.

Él sabía que cada versículo había sido revelado a un profeta por un ángel. Entonces bastaba descubrir, por revelación, cuál texto correspondía a cuál situación, de cuál persona y en cuál momento único del universo. Sabiendo eso, convocar el ángel y solicitar su ayuda era tarea cómoda, al alcance de cada hombre y no reservado a ninguna élite.

En este mismo libro criptografiado con el alfabeto del Magister LIROLUVILUI, (porque así eran los símbolos que sus dedos leían en el texto bíblico), descubrí en el primer capítulo llamado "El ojo de Dios", la descripción de un sencillo espejo redondo y los 10 dados de la voluntad divina que constituyen, justamente el medio para todo hombre de obtener esta revelación. ,

¿Cómo termina la historia del anciano ciego? En realidad, nunca terminará. Él mismo me la escribió en criptograma al fin de la segunda carta, junto al libro y a la carta del Magister. Este documento me hará meditar muchos años sobre mi propia vida.

Dijo el anciano: "Después de curar, sanar, despertar miles de personas que vinieron de muy lejos, me retiré a un monasterio y fui ordenado. Esperaba recibir la instrucción de transmitirle este libro. Con suma humildad puedo confiarle que alcancé la eternidad. Supe que debía cambiar de cuerpo para el 15 de agosto de este mismo año. Dentro de 15 años volveré a contactarlo desde otro cuerpo."

Dijo el Magister LIROLUVILUI que Ud. debe enseñar la eternidad a los mortales. ¡Apúrese por favor, el tiempo humano es corto! Por este motivo, escribí este primer libro que le entrego. Más adelante recibirá los otros.".

Leí, traduje para mis lectores, reescribí cada capítulo después de probar yo mismo cada medio de poder indicado. Tres veces pude emplear la técnica de resucitación que conté, y tuve la gracia de que funcionara sobre un bebé recién nacido. Comprendí a través de este milagro que cada hombre tiene de Dios el poder de hacer milagros, y que todo lo que la Iglesia transmite en la misa y los 7 sacramentos no es una mera repetición de tradiciones históricas y de evocaciones metafóricas, sino la más alta magia ceremonial que conoce el hombre. Comprendí que nuestra madre Iglesia es portadora de las soluciones a nuestros peores problemas, pero que debería abrir otro tipo de acción que, en lugar de ser política, constituyera la verdadera escuela iniciática del hombre al conocimiento de los poderes de Dios.

Y tal como lo dijo mi Maestro, nadie más estará obligado a creer o a renunciar a Dios por haber adoptado o no algún dogma, sino que todos tendrán el medio de probar directamente su poder.

Éste es un mensaje del Magister LIROLUVILUI tanto para los hombre de fe como para los incrédulos, para los hombres de bien como los hombres de mal, para los que no creen ni lo que ven y los que creen todo y cualquier cosa sin verlo nunca. Por fin, es un mensaje a la vez para científicos y religiosos, indicándoles que el Punto Omega de la reunión de ciencia y religión ha llegado.